Faltan cuatro horas para que Argentina salga a jugar contra Jordania en el AT&T Stadium de Dallas. Sin embargo, para algunos hinchas, el partido ya empezó. Mientras miles de fanáticos avanzan hacia los molinetes, otro encuentro se está jugando en las veredas que rodean el estadio. Cada pocos metros alguien rompe el silencio con una frase pronunciada casi al oído: “Buy tickets… buy tickets”. Los vendedores recorren las inmediaciones buscando compradores, igual que los arbolitos que ofrecen dólares en la city tucumana. La diferencia es que acá la mercancía no son billetes, sino entradas para ver, probablemente por última vez en un Mundial, a Lionel Messi.
Entre ellos camina Mateo Abreu. Tiene 18 años, vino desde Mar del Plata y sostiene sobre su cabeza un pedazo de cartón donde escribió, con fibrón negro, “BUY 2 TICKETS”. A diferencia de quienes ofrecen, él busca. Cada tanto alguno de esos vendedores se le acerca, le dice un precio y empieza una negociación que dura segundos. Mateo escucha, intenta regatear, hace una cuenta rápida y mueve la cabeza. No le alcanza: agradece y sigue caminando alrededor del estadio. Mientras completa otra vuelta, su papá espera desde un Walmart cercano, actualizando la plataforma oficial de reventa de la FIFA con la esperanza de que aparezca una oportunidad.
El mercado informal de reventa de entradas no termina en las veredas. Durante los días previos y también en las horas anteriores al partido, cientos de hinchas se organizan en grupos de WhatsApp donde unos ofrecen entradas y otros publican cuánto están dispuestos a pagar. Los mensajes se multiplican a medida que se acerca el comienzo del partido. Cada pocos minutos aparece una nueva oferta, una contraoferta o alguien que pregunta si todavía queda una ubicación disponible.
Hay poca sombra alrededor del estadio: la humedad vuelve sofocante la espera, en una escena que se parece a un mediodía de enero en Tucumán. Los hinchas buscan refugio debajo de los pocos árboles disponibles mientras los celulares empiezan a recalentarse por la temperatura. Ni siquiera los modelos más nuevos logran soportar demasiado tiempo bajo el sol texano. Aun así, nadie parece dispuesto a abandonar la búsqueda.
El bolsillo de Mateo tiene un límite. “Yo tengo un precio base que son 800, 900 dólares. Más de eso, seguro que no”, dice a LA GACETA. Su estrategia: esperar hasta el final. Confía en que, cuando el reloj empiece a jugar en contra de los vendedores, alguno terminará aceptando una oferta menor. “La gente que verdaderamente está interesada en vendérmela se acerca, me dice: ‘La vendo tanto’. Si me parece acorde, intento regatear. Si no, le digo: ‘Estamos muy lejos, muchas gracias’, y sigo caminando”, explica.
La paciencia también forma parte del negocio. Hay hinchas que deciden esperar hasta el comienzo del partido y otros que estiran la apuesta hasta el entretiempo. Confían en que, si un vendedor no logra desprenderse de la entrada, terminará aceptando una cifra muy inferior a la que pedía unas horas antes. A esa altura, el objetivo deja de ser ver los 90 minutos: alcanza con entrar, aunque sea para presenciar un rato de un partido que muchos consideran irrepetible.
Así, para muchos argentinos, entrar al estadio se convierte en una negociación contra el reloj, pero también contra una economía que los deja en desventaja. “En Argentina, 800 dólares te compran un montón de cosas y acá es como si fuese una boludez. Son dos horas de partido, pero es un esfuerzo muy grande para la gente allá”, reflexiona Mateo, que dice que vino a alentar a Argentina “sea dentro o fuera del estadio”.
Se pone de manifiesta una desigualdad que varios hinchas mencionan durante las tres horas de recorrida de LA GACETA. En los alrededores del estadio conviven argentinos que calculan hasta el último dólar que pueden gastar con estadounidenses, mexicanos y de otras nacionalidades que llegan con un poder adquisitivo muy distinto. Ellos aceptan pagar cifras que para un argentino resultan inalcanzables: esa diferencia termina empujando todo el mercado hacia arriba.
El efecto Messi
La explicación se repite en las conversaciones que este diario mantiene con hinchas y vendedores: sin quererlo, Lionel Messi modifica el mercado. Su presencia multiplica la demanda y empuja los precios hacia arriba. Incluso cuando no juega desde el arranque, como en este partido contra Jordania, el efecto se siente. “Por suerte hoy Messi arranca de suplente. Imaginate que la suerte es que Messi arranca de suplente. Entonces los precios bajan porque hay mucha gente que quiere ver a Messi”, dice Mateo. Sin quererlo, el capitán argentino también mueve el partido desde afuera de la cancha.
El escenario contrasta con los mundiales anteriores. En Rusia 2018, las entradas oficiales para la fase de grupos se ofrecían aproximadamente entre 110 y 220 dólares. En Qatar 2022, los tickets para extranjeros partían desde unos 69 dólares y llegaban a 219. En el Mundial 2026, la FIFA también anunció valores oficiales más bajos para determinadas categorías. Sin embargo, conseguir una entrada para ver a Argentina hoy se convierte en otra historia. La enorme demanda que genera la Selección, sumada a la expectativa de presenciar el último Mundial de Messi, dispara la reventa hasta cifras de miles de dólares para un solo partido: 8.100 dólares es el precio inicial de la reventa oficial de la FIFA para el partido contra Cabo Verde por los 16avos de final.
En este mercado informal conviven perfiles muy distintos. Hay personas que compran entradas de más y después intentan recuperar lo invertido. También aparecen intermediarios, allegados al mundo del fútbol y personas con acceso privilegiado a tickets que encuentran una oportunidad para obtener un rédito económico. Todos forman parte de un circuito paralelo que funciona a pocos metros de los controles oficiales y donde el precio cambia minuto a minuto.
LA GACETA se acerca a un grupo de tres hinchas que está vendiendo entradas. Prefieren no revelar sus nombres, pero sí acceden a contar su historia. Dicen que llegaron al Mundial con la ilusión de entrar a todos los partidos de la Selección, pero que la realidad los obligó a improvisar.
Para el partido anterior contra Austria les ofrecieron entradas de categorías tres y cuatro entre 2.000 y 2.500 dólares. Decidieron no comprarlas: lo vieron en un bar. Esta vez compraron dos tickets pensando que conseguir una tercera ubicación iba a ser sencillo. Después encontraron un vendedor con tres entradas juntas y ahora les sobran dos. Por eso están recorriendo los alrededores del estadio intentando venderlas.
“No queremos generar ganancia. Queremos recuperar lo que invertimos”, explican. Pagaron 1.750 dólares por cada una de esas entradas, pero cuando se confirmó que Messi iba a empezar en el banco, el mercado cambió otra vez y los compradores desaparecieron. “Nosotros ya lo habíamos comprado antes y ahora que dijo que no va a jugar o que va al banco bajaron mucho los precios. Mucha gente nos dijo que en otros mundiales pagó entre 1.500 y 2.000 dólares por todo el Mundial. Acá una entrada para un partido de fase de grupos sale eso”, lamentan.
Estafas
El circuito paralelo también puede lastimar. Máximo y Paulina, una pareja tucumana, llegaron a Dallas convencidos de que iban a poder ver a la Selección. Sin embargo, terminaron siendo víctimas de una estafa que empezó varios días antes a través de un grupo internacional de Facebook dedicado al Mundial.
“Nos vendieron una entrada que no era. Al principio nos pasaron un código de TicketMaster. El código de TicketMaster se iba a convertir en la entrada de FIFA, lo cual nunca ocurrió”, relata Máximo a LA GACETA. Después llegaron nuevos pedidos de dinero. Primero 100 dólares. Luego otro pago, siempre bajo el argumento de que falta cubrir una tasa para cambiar el nombre de los tickets. La transferencia definitiva nunca apareció.
“Así como nos pasó a nosotros, le pudo haber pasado a cualquiera”, dice. El vendedor les sigue respondiendo los mensajes mientras hablan con LA GACETA: promete devolverles el dinero, aunque ellos ya no esperan recuperarlo.
Paulina aprovecha la experiencia para dejar una advertencia a otros hinchas. “Si consiguen entradas, que sea una entrega en mano con la persona ahí. No transfieran por Facebook ni por WhatsApp. Hay mucho estafador, ya sea de Argentina o de afuera”, recomienda. Y agrega: “Solamente vale la entrada que aparezca desde la aplicación de FIFA. La transferencia es sí o sí por esta aplicación. No importa Wallet ni nada del iPhone”.
Para este Mundial, la FIFA implementó una plataforma oficial de reventa e intercambio para las entradas adquiridas por sus canales oficiales. El sistema permite transferir o revender tickets de manera segura entre usuarios registrados. Sin embargo, la demanda extraordinaria por los partidos de Argentina y las dificultades que varios hinchas describen para operar en la plataforma empujan a muchos a buscar alternativas informales, donde una captura de pantalla, un supuesto código o una promesa de transferencia pueden terminar en una estafa.
Afuera del AT&T Stadium, el mercado no deja de latir. Hay quienes venden, quienes compran, quienes esperan una rebaja de último momento y quienes aceptan que tal vez deban conformarse con ver el partido desde un bar. El precio cambia según la hora, según la urgencia del vendedor y, sobre todo, según una variable que atraviesa toda la escena: Lionel Messi. Si juega, la entrada sube. Si empieza en el banco, puede bajar. Si aparece un comprador dispuesto a pagar cualquier cifra, el valor vuelve a dispararse.
Mientras unos finalmente cruzan los molinetes, otros siguen caminando con un cartel de cartón entre las manos. Algunos negocian hasta el pitazo inicial. Otros estiran la espera hasta el entretiempo con la esperanza de que el precio termine derrumbándose. Ya no importa ver los 90 minutos completos. Alcanzan unos pocos para decir que estuvieron ahí. En el último Mundial de Messi, el partido también se juega afuera del estadio. Y, muchas veces, lo termina ganando el bolsillo con más billetes.